12
sep
11

Instinto

INSTINTO

Durante mucho tiempo he tratado de averiguarlo sin éxito.
¿Qué hacías durante tantas horas ahí, pegado a la ventana, mirando fijamente a la calle? Te pasabas todas las mañanas observando el exterior. Tus ojos fijos hacia algo, pero… ¿hacia qué?
Pasaban los meses y no era capaz de encontrar la razón para esa obsesión. No podía explicármelo. ¿Qué necesitabas de ahí fuera? Dentro tenías todo lo que podías desear. Un lugar confortable para dormir, comida a tu gusto y mucho espacio para moverte libremente. Sin embargo, tu insistencia en pasar las horas muertas del día mirando a través de la ventana no dejaba de inquietarme. Sabía que te ocurría algo pero no acertaba a averiguarlo.
En vano trataba de ponerme detrás de ti para dirigir la mirada hacía donde yo creía que mirabas. Solo veía la calle, nada más que la calle, la mayor parte del tiempo desierta e inmóvil, como una fotografía. Apuntaba con el dedo, guiñando un ojo para poder enfocar el lugar exacto y te hacía señas, pero tú no te inmutabas. Seguías pegado a la ventana. Seguías mirando a lo que yo, que no distinguía nada importante, creía que era la nada.
El veterinario me decía que los gatos a veces hacíais eso. Que era parte de vuestro comportamiento. No me convencía su explicación. Yo intuía que había algo más.
Algunas veces escuchaba un leve murmullo acompañado de un ligero rechinar de dientes. Tus bigotes se movían al ritmo de los espasmos de tu nariz. Al principio pensaba que por eso mirabas; las palomas y los gorriones pasaban volando al lado de la ventana y en ese momento despegabas la mirada de aquel punto para seguir a las aves. Tan solo era ese instinto de cazador innato. Pero las palomas pasaban, los gorriones se iban y tu cabeza se giraba de nuevo hacía ese misterioso lugar.
Recuerdo el día de la nevada. Fue una mañana de febrero no demasiado fría. Los copos eran pequeños y el aire los llevaba hacia la ventana. En poco tiempo, casi toda quedó cubierta por pequeñas motas que enturbiaban la vista. Tu pata intentó apartarlos golpeando el cristal. ¿Qué podría ser eso que se interponía entre tus ojos y el sitio de la calle al que mirabas? Tal vez nunca lo sepas porque tal vez no vuelvas a verlo nunca más; en Pinto no nieva casi nunca.
Como no podías ver me miraste a mí pidiendo explicaciones. Antes de que pudiera intentar darte alguna saltaste del sillón y te lanzaste veloz hacia el dormitorio. Subiste al radiador, alzaste las dos patas delanteras y te apoyaste en el cristal de la otra ventana. Pero también estaba llena de nieve y tampoco hicieron nada tus patas al intentar quitarla.
Confundido, o tal vez frustrado, bajaste al suelo, pasaste por mi lado y te restregaste contra mi pierna dejando una buena cantidad de pelo como muestra de tu simpatía hacia mí. Luego te volviste y repetiste el ritual con mi otra pierna. Tantas veces te he visto hacer lo mismo que no me cabe duda de que, al final, eres tú quien me ha domesticado. Abrí la despensa y cogí una lata de comida. Pienso seco, no. En esos momentos ambos sabíamos que unos suculentos trozos de pollo con salmón serían la mejor opción. Ya volveríamos a las croquetas light más tarde.
Aquel día ya no te subiste a mirar por la ventana. Decidiste pasarlo encima de mi regazo, ronroneando y bostezando, haciendo honor a la típica vida de un felino bien cuidado.
Todo volvió a ser lo mismo al día siguiente. No nevaba y ya se podía ver a través de la ventana. Cuando me levanté ya estabas ahí, detrás del estor, dejando solo visible el rabo que se movía incesantemente de un lado a otro; igual que siempre. Igual la rutina. Igual la nada que encontraba yo al intentar desentrañar el enigma por enésima vez.

Esta mañana ha sido todo distinto. He abierto los ojos y todavía estabas durmiendo a mi lado, rozando tu mejilla con la mía. Has abierto los ojos cuando te he acariciado la cabeza y has empezado a lamerme y a morder mi barba de cuatro días. He ido a mirar la hora y he tirado la foto sin querer. El ruido al romperse el cristal te ha sobresaltado y has salido disparado hacia el salón. Al intentar que no pisaras el cristal me he cortado yo.
Cuando he salido del baño con la tirita en la mano ya estabas en la ventana. Te he observado desde la puerta y he pensado que quizás debería olvidarme de insistir. Que quizás tendría que dejarte hacer lo que quisieras sin intentar entrar en tus pensamientos. Que quizás tendría que abrir la puerta de la ventana y dejar que hicieras lo que sea que quisieras hacer. He pasado tanto tiempo controlando tus movimientos sin hallar respuesta alguna que he sentido al fin que sería imposible entenderte jamás.
Me he acercado a la ventana para espiar tu rostro por última vez. No sé cuánto tiempo he pasado mirándote hipnotizado. Casi sin parpadear. Como si fuera la última oportunidad. Entonces he visto tus pupilas dilatarse como nunca las había visto hacerlo. He visto tus orejas erguirse hasta el techo y tu rabo se ha quedado inmóvil. He mirado fuera y la he visto justo un instante antes de que doblara la esquina.

Un segundo después me has mirado y te has bajado del sillón de un salto. Has ido hacía tu cuenco y te has puesto a beber.


© Mardel


0 Respuestas a “Instinto”



  1. Dejar un comentario

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s


RSS La frase

 

septiembre 2011
L M X J V S D
« jun    
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
2627282930  

RSS Cuki

RSS Scarlet

RSS YomeloguisO

CONTADOR DE VISITAS

Dos jóvenes gruñones

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.