05
Abr
15

CARGANDO

CARGANDO

Silencio absoluto.

Gabriel no recordaba nada parecido desde el accidente. Todo giraba alrededor suyo y de pronto el sonido se apagó. Veía los labios de sus amigos moverse, intentando hacer llegar sus palabras. Pero estas no llegaron.

Hicieron falta varias operaciones para poder escuchar de nuevo. Un implante electrónico conectado a un oído de teflón le sacó de la película muda en que su vida se había convertido.

Pero hoy había vuelto a suceder. ¿Sería el implante? Se dio varios golpes en la cabeza, como cuando quería sacarse el agua del oído al salir de la piscina. Nada, ni un solo murmullo.

Le dijeron que la batería duraría toda la vida. Salió de su casa. Tenía que ir a la consulta del doctor Manrique. Acababa de hacerse una revisión y le habían dicho que todo estaba en orden.

Cuando llegó a la esquina notó que algo no estaba bien. Todo parecía distinto. No era temprano y, sin embargo, no había nadie en la calle. Tampoco vio ningún coche. Esperó veinte minutos en la parada del autobús. Cuando se convenció de que no iba a llegar decidió ir andando hasta la consulta. Sería un paseo largo.

Para ese momento la confusión se había transformado en temor. Una extraña sensación se había apoderado de él.

Empezó a correr.

Al pasar por la cafetería lo vio. Tampoco había movimiento. Todas las personas que había dentro estaban paralizadas. Todas mirando hacia abajo. Era como si alguien que manejara el universo hubiera pulsado la tecla de stop. Entró al bar. Todos tenían sus móviles en las manos. Móviles y tablets. También ordenadores. Hasta el camarero tenía los dedos en la pantalla. Todos lo aparatos brillaban pero estaban parados. No había movimiento.

Se dio cuenta de que Beatriz estaba allí, al lado de la ventana. Allí se quedaba siempre que le esperaba. Sintió miedo. Se acercó y la miró a los ojos. Blancos. Completamente blancos. Se acercó más. Distinguió una lista interminable de ceros y unos grises grabada en sus blancas pupilas. Trató de despertarla, de que saliera de ese trance. Estaba rígida. Los ojos clavados en el móvil.

Gabriel miró el móvil. Reconoció la imagen. Era el juego que tanto le gustaba a ella. Jugaba a todas horas. Ella y el resto del mundo. El juego se había convertido en el mayor éxito desde la creación de Internet. Algunos dijeron que no se había inventado nada igual desde la rueda. Por el resultado de las ventas, seguro que no estaban demasiado equivocados. La empresa que había desarrollado el juego se había convertido en pocos meses en la entidad más rica del mundo. El juego era adictivo.

Él lo había intentado alguna vez pero no le entusiasmó demasiado, al menos eso les dijo a todos. “Seguramente eres la única persona del mundo a quien no le gusta este juego”, comentó su hermano hace meses.

La verdad es que sí le gustó pero no podía jugar. Cada vez que lo intentaba su oído se acoplaba y una especie de susurro intermitente y molesto hacía que le quemara por dentro. “Es una interferencia entre los nuevos móviles y el oído”, le dijo el doctor Manrique, “será mejor que uses los teléfonos antiguos, los de teclas. Sabíamos que eso podía suceder”.

Volvió a mirar la imagen. Esa pantalla no la había visto nunca. Al final de la escalera aparecía un círculo blanco con un candado gris de combinación abierto. Encima del círculo había una frase, escrita también en gris: “Espere, por favor. Cargando el siguiente nivel”.

© Mardel

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01
Dic
13

el mechero

EL MECHERO

–  Debe saber que lo que está diciendo podría llevar a una persona a prisión.

–  Estoy completamente seguro. Fue así como ocurrió. Ella estaba sentada esperando al camarero. Le gustaba, ¿sabe usted? Le gustaban todos los hombres, pero los camareros más.

–  Entonces fue cuando la otra mujer llegó, la rubia.

–  No, ella no apareció hasta el final. Antes apareció el tipo alto con bigote negro. Parecido a usted, aunque era delgado. Él empezó a gritarla. Ella apartó la mirada buscando a alguien. Oí algo como que no estaba dispuesto a soportar sus manías. Creo que se refería a la de los mecheros. No estoy seguro. Tenía tantas; comer solo migas después de….

–  No se desvíe.  ¿Y la mujer rubia?

–  Ya le he dicho que no llegó hasta que todo estaba a punto de acabar. El hombre de bigote negro se marchó después de insultarla otra vez. Ella se quedó sola y encendió un cigarrillo. Bueno, intentó hacerlo. Ya sabe el resto.

–  ¿La rubia?

–  Sí. Oí lo que dijo justo antes.

–  Si estaba dentro del tren. ¿Cómo pudo oírlo?

–  No, yo estaba fuera. Usted estaba con ella. Les vi desde el andén.

 

© Mardel

13
Ene
13

Miky

Miky

No dejo de pensar en si tuviste frío, en si pasaste miedo o si te sentiste solo. Cuánto deseo que sintieras el calor de sus manos y el de nuestro corazón acompañándote.

No, no eras solo un ratón, ni una simple rata como las que campan a sus anchas por el vertedero….o por el parlamento. Eras Miky, Miky Martín Muñoz. Con nombre y apellidos. Porque tú eras un ser querido. Tenías casa y una familia que te quería. ¿Un simple ratón? No, nada de eso. Eras grande, enorme. Sabías querer y que te quisieran y eso es algo que no es fácil de conseguir.

Sabías hacerte entender; a tu manera y sin confusión. Roías la puerta cada vez que querías salir a pasear por la mesa o a coger las pipas peladas de nuestras manos. Te llenabas los mofletes e intentabas comerte los tomates que había en el frutero. Y después, de nuevo a tu cama. Pero había que ayudarte a subir y entrar porque te pesaba ya el culo. Quizás fue eso.

Te hemos visto tantas veces caer desde la mesa. Te arrimabas tanto que la mayoría de las veces nos daba tiempo a poner as manos y sujetarte. Pero eras muy escurridizo, muchísimo. No había más que intentar echarte colirio en los ojos cuando se ponían malos. La mitad del bote caía en cualquier otro sitio y la otra mitad en cualquier parte de tu cuerpo menos en los ojos. Era toda una labor de paciencia y puntería. Muy escurridizo y muy rápido.

Podía haber sido como las demás. Habrías caído como siempre y solo te hubieras asustado. Habrías intentado refugiarte bajo la nevera y habríamos tenido que esperar a que el susto desapareciese y que te dejara distinguir la lechuga que te ofrecíamos para salir y volver a tu casita y a tu cama.

No fue como las demás. Por alguna razón que no puedo entender el peso de tu trasero te hizo perder tierra firme. Te vi caer y puse la mano para sostenerte. Pero tan solo pude tocarte. Te escurriste otra vez y caíste al duro suelo. No puedo recordar cómo fue el choque. Creo que te golpeaste con la espalda o con la cabeza.

No fue como las demás caídas. En esta te hiciste daño. Gritaste cuando te recogí. Pensé que por el susto pero ahora sé que fue por algo más. Tu cuerpo te lo avisó y gritaste para hacérmelo saber a mí. No lo entendí. Te coloqué en la mesa y buscaste tu refugio. El lugar donde siempre descansabas. Pero no estaba. No lo encontrabas. Supongo que sentiste confusión. Tratabas de encontrar tu cama pero había desaparecido, como todas las veces que toca limpieza. Pero tú no sabías nada de limpiezas. Tú querías tu cama. En el mismo sitio de siempre. Porque en la caída sentiste algo más que el susto de otras veces. Tú lo sabías. Sabías que algo no funcionaba como siempre y te pusiste nervioso. Pensé que te caerías de nuevo y te coloqué en la rueda. Fue entonces cuando empecé a comprender que algo raro sucedía. De pronto te pusiste a dormir como si fuera tu cama. Buscaste el algodón con tus patas tan solo unos segundos. Luego, te quedaste quieto, respirando y temblando.

¡Algo no va bien! Grité. Ella también lo supo. Te vio temblar y te cogió llorando. Lo supo antes que yo.

Yo no quería saberlo.

– No creo que se entere de nada. Lo mejor es que la agonía no se alargue -los veterinarios siempre saben lo que hay que hacer. Sobre todo los buenos.

Sé que te trató bien al final. Y deseo que nuestros besos en el último momento te reconfortaran; que te guiaran sin miedo. Quiero creer que sabías que había mucho amor en ellos. Sí, lo sabías.

 

© Mardel

27
Jun
12

El secreto

EL SECRETO

Del viaje solo puedo decir una cosa: no respiré.

Temía que el sonido del aire entrando y saliendo de mis pulmones impidiera escuchar el latido de su corazón. Sabía que significaba algo, que era un mensaje cifrado dirigido solo a mí; que la respuesta que sus ventrículos daban a mis aurículas era el secreto que tantas infelicidades podrían evitarme en el futuro.

Recuerdo que el sonido de su corazón se fue haciendo cada vez más imperceptible a medida que yo avanzaba. De pronto dejé de oírlo, y una luz cegó mis ojos. Entonces lloré por primera vez.

© Mardel

02
Jun
11

Un aleph numerario

UN ALEPH NUMERARIO

En el principio fue el verbo y la nada. Entonces el verbo creó el universo y en él diseñó al hombre a imagen y semejanza de los números.

Los hizo fundamentales, pues sin su existencia nada de lo creado tendría sentido y el verbo moriría de puro aburrimiento.
Los hizo naturales, sin artificios, para que los demás vieran que lo que se ve de ellos es lo que hay en ellos. Los hizo primos, que solo se sirven a sí mismos y se les puede engañar con facilidad; compuestos, que pueden compartirse con los demás porque se dividen fácilmente; perfectos, tan amigos de sí mismos que resultan insoportables; enteros, sin fisuras, de convicciones fuertes y de ánimo inquebrantable; pares, que solo pueden vivir en pareja e impares a los que les gusta la soledad…o los tríos.

Los hizo positivos, para repartir optimismo, sobre todo entre los negativos, cuya única aspiración es ser tristes y pesimistas.
Los hizo vacíos, sin nada que fluya o habite en su interior, como el cero; racionales, que utilizan el intelecto para reflexionar y saben que forman parte de algo mayor; irracionales para que vivan de las emociones y los instintos; impulsivos y difíciles de definir; periódicos, cuya manera de vivir es repetirse eternamente y trascendentes para vivir más allá del conocimiento habitual, en un estado de perpetua iluminación.

Los hizo hiperreales, tan reales que parecen falsos; complejos, a los que definir es tarea imposible pues enseñan al mundo su parte real y esconden todo un mundo imaginario por descubrir; infinitesimales, tan pequeños que son insignificantes; o eso se creen; transfinitos, mucho mayores de lo que es conocido de manera natural e infinitos, para cuando llegue la muerte y les transforme en eternidad.

Entonces vio el verbo lo que había creado y se sintió satisfecho, pues los números le entretenían.

© Mardel

08
Feb
11

Un día perfecto

UN DÍA PERFECTO

Taduro es de ideas fijas. La rutina que le mueve pasa primero por observar los cables que se entretejen con la ciudad. Si escucha el rumor de la electricidad sabe que el día será bueno. Y si escucha el sonido de la música mientras una minifalda pasa ante sus ojos, el día puede considerarse excelente. Luego va al centro comercial a saborear una rica y abundante comida. A pesar de no ser gordo, el nivel de calorías que llega a consumir de una tacada dejaría tres meses satisfecho al carnívoro más insaciable.
Una vez comido alquila una bicicleta. Siempre lo hace cuando el día es así de inmejorable. Le gusta dar un largo paseo en bici y atravesar la ciudad. Le encanta escuchar el ambiente de las calles. La música que sale de las casas, las canciones de los borrachos en el bar.
Mira todos los letreros e intenta pensar en una palabra que empiece con la misma letra. Que si una muñeca, un balón, unos zapatos de mujer… Lo que le recuerda que un día tan extraordinario debe tener un broche final en concordancia.
Conoce bien el camino y sabe perfectamente la hora a la que ir. Con el calor sofocante de la sobremesa, las calles apenas están transitadas. Ocasión más que inigualable para ir a su rincón favorito sin ser visto por conocidos y cotillas. No puede resultar mejor el día.
Aparca la bici y entra en la tienda de enfrente. Los regalos siempre son una presentación correcta. Además, como tiene la llave del buzón, ahorra la pereza de bajar a por las cartas. Seguro que el agradecimiento es todavía más especial.
Cierra la puerta y echa el pestillo, como siempre, y dirige su mirada a la botella de champán que le da la bienvenida y le sugiere subir más arriba.
Mientras se dirige a la azotea piensa en su vicio favorito, lo que le excita casi hasta el orgasmo; un poco de sado nunca está de más. Al fin y al cabo no es más que un amor pasajero que terminará en su respectivo contenedor.
Llega a la terraza y no puede aguantar más. La visión de la ropa interior, en sus más variadas formas y sugerencias le eleva a estados de placentera fantasía. Puro éxtasis.
Allí está. Como cada día que resulta perfecto. Ella desnuda y los aparatos que tanto le encanta usar, para ella y para él.
– Hoy quiero hacerte una foto.
– No te muevas. Desde aquí la vista es preciosa.
Ella sonríe ofreciéndose. Mira a los juguetes. Cuál tocará hoy. O mejor dicho, cuáles. Taduro nunca se conforma con usar una solo.
– La foto es genial. Esta eres tú desde el cielo.
Observa la foto con pasión, con lujuria. Pero el orinal le molesta. Una mancha en la imagen. Ella le conoce y lo sabe. Intenta apartar la imperfección.
Pero es tarde. El momento ha pasado.

© Mardel

28
Dic
10

Cero grados Kelvin

CERO GRADOS KELVIN

No oigo el rumor de los cables.
No oigo el domingo en la plaza ni en el centro comercial.
La chica que siempre me ofrece distracción por los altavoces ha enmudecido.
Veo pasar una mujer. No, es un fantasma. Mi mente me la vuelve a jugar.
Paseo sin rumbo, tratando de sentir algo de esperanza. Quedan rastros de personas pero no veo sus cuerpos. Solo indicios de que aquí hubo movimiento alguna vez. No puedo pararme. El frío podría secar mis pies. Debo moverme entre los pocos fantasmas que se me aparecen. Sus ojos me atraviesan perdiéndose en la nada mientras a su lado, o a través de ellos, cruzo la ciudad en el único medio que aún funciona: mi bicicleta.
El viento ha parado. El tiempo también. Me encuentro en una fotografía de mi ciudad natal. Es solo un recuerdo que ha perdido el sonido. Trato de no olvidar lo cotidiano, de resistir a la pérdida del significado de todo. Antes de que sea tarde saboreo en mi memoria el alcohol, la música de fondo con un libro en las manos, la ternura de mis padres negando mis caprichos, los gritos de mi hija, la comida de mi esposa, sus tacones elevándola al cielo.
Es entonces, al recordar que están todos muertos, cuando el cerebro me invita a parar. Me obliga a abandonar la rapidez. La bicicleta ya no sirve porque la huida es imposible. Solo puedo intentar una cosa. Quizás aún quede algo de energía allí, aunque he perdido la esperanza.

Subo las escaleras como siempre, de dos en dos. Esta vez puedo hacerlo sin obstáculos. Y con las manos y la cabeza vacías; ni regalos ni cartas…ni ganas de subir.
La puerta se cierra sin gritar su acción. Desde la ventana puedo ver el vertedero inmóvil en que se ha convertido todo cuanto me rodea. Miro al cielo que perdió su color hace semanas. La azotea me llama sin palabras. Quizás arriba encuentre consuelo. O quizás sea abajo donde termine por fin.
Ha llegado el momento. Las señales de la terraza me sacan del trance. Ella está ahí, todavía viva. Debo retenerla en mi memoria, pero no sé cómo. Busco en mi bolsillo y halló la respuesta.
A su alrededor está lo de siempre. Los recuerdos de placeres inconfesables que calmaron el tormento de todas las pérdidas. Los cantos en una prisión de silencio. La ropa de todos los que se fueron o de los que no quisieron volver. Me recibe desnuda, como mi alma.
– Quiero recordarte así.
La miro desde arriba, saco la cámara de fotos del bolsillo y disparo.
– Así, no te muevas. Mantente como todo lo demás.
Una última mirada me dice que será complaciente. Lo hará por mí, como siempre. Vuelvo a disparar la cámara.
Miro de nuevo los recuerdos que me han hecho regresar hasta aquí. También necesito retenerlos. Es lo único que no se ha desvanecido aún.
– Eso es. Todo quieto.
– Esta perspectiva te hace más hermosa.
Ella, obediente, trata de permanecer inmóvil mirando el abismo que se extiende a sus pies. Un vacío que la está llamando. Que me está llamando.
Miro la fotografía y la miro a ella. Eso es. Esto es lo que quiero recordar. No queda nada más que esto. Parpadeo. Acepto su mano. Disparo otra vez.
De pronto, la fotografía inicia el movimiento. Es el fin.


© Mardel




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  • Stendhal - 17/10/2017
    El arte de amar se reduce a decir exactamente lo que el grado de embriaguez del momento requiera.
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